Memoria 1

Historias sobre trabajo decente (OIT): entre el idilio literario del vino y el abuso laboral

Cuando el verano se deshace y el campo se prepara para otoñar, la planta vitácea de la uva, que aguarda dulzona y viva, abre sus puertas en los campos españoles. Entonces, cientos de miles de manos acuden a la fiesta de su maduración: no hay espacio, lugar ni oportunidad para la excesiva mecanización. Para su recogida, importa el tacto, la técnica y el esfuerzo humano. La uva se extrae de la cepa, racimo a racimo, sin que, en la mayor parte de las ocasiones, los avances tecnológicos invadan el escenario: las cosechadoras no tienen ojos ni manos que seleccionen el mejor fruto.  

Trabajo e idilio se entrecruzan de forma genuina: ¿cómo no admirar la belleza de una uva adulta; cómo no otear un campo de vides, en mitad de una puesta de sol, y no sentir el pulso acelerado? Sin embargo, la circunstancia y elemento laboral ha estado y está sometido a la confrontación más evidente: patronos y dueños de latifundios que llevan, hasta el extremo, a jornaleros; grandes tenedores que, para garantizar el buen vino en nuestra mesa, discuten y eluden la normativa laboral. Por eso, a lo largo del presente artículo se propone una lectura ligera del (i) concepto de trabajo decente, (ii) el tratamiento literario del vino y (iii) la historia laboral más reciente de nuestros campos vinícolas.

1. El trabajo decente (OIT)

Dignificar el empleo ha de ser, ante todo, una máxima de nuestros gobiernos y arcos parlamentarios. Mas la realidad no se ajusta siempre al umbral de suficiencia esperado: tener un trabajo no es sinónimo de tener un trabajo digno o decente. Por eso, la Organización Internacional del Trabajo, organismo especializado de las Naciones Unidas para la defensa de los derechos de los trabajadores, a través de una organización tripartita (sindicatos – empresarios – gobiernos), bajo la dirección de Don Juan Somavia (1999-2012), configuró con sumo acierto la expresión de lo que ha de ser un empleo digno (trabajo decente). Exactamente, en 1999 el exdirector presentó a la Conferencia Internacional del Trabajo su Programa de Trabajo Decente: ante la corrosiva y apabullante globalización que traía consigo múltiples abusos laborales, los gobiernos debían respetar en sus países unos mínimos (derechos en el trabajo, oportunidades en el empleo, protección social y diálogo social) que, en consecuencia, sirvieran para asentar las bases de la dignidad antedicha. No se trataba ni trata, pues, de construir áreas aisladas e inconexas de protección, sino avanzar coordinadamente, a través de la universalización, para constituir (Cortebeeck, 2023) una red de protección internacional que combata el abuso en el trabajo.

2. El idilio literario del vino

La oda al vino ha sido y es un idílico y majestuoso modo de cantar a la uva y el genuino proceso que lo gesta. Desde la Roma al Neoclasicismo y el romanticismo, el poeta ha narrado su gracia, alabado sus campiñas y construido un espacio fértil repleto de versos, metáforas y alegorías. No obstante, ese idilio se enfrenta con la realidad material y laboral evidenciando que la literatura, en muchas ocasiones, edifica un sin fin de apariencias quiméricas. ¿Error? No lo creo: la obra no tiene que responder siempre a una causa política; el amor no ha cesar en su empeño por romantizar la realidad. Pero creo, humildemente, que mostrar solo una de las dos caras fuerza al lector y ciudadano a emborracharse de sueños y vino, renegando de cuantas desdichas existen.

«El vino
mueve la primavera,
crece como una planta la alegría,

caen muros,
peñascos,
se cierran los abismos,
nace el canto.»

(Pablo Neruda, 1904)

Así, partiendo de que a través de la literatura se puede comprender la circunstancia y el hecho (en román paladino, que se puede conocer la vida misma), la premisa será sencilla y directa: el poema puede mostrar una versión acotada de un proceso -recordemos, no es malo, pues todo poema que hable de vino, bien recibido será-, y, por eso, es necesario adicionar y explicar todo cuanto lo antecede. Máxime, si tras la ingesta de un tinto o un blanco o un rosado existen abusos laborales, trabajos forzosos y múltiples irregularidades. Porque, en efecto, la literatura se erige como escenario perfecto para la comprensión de los elementos jurídicos que lo adornan, acompañan o indirectamente lo condicionan (Arsuaga, 2015).

A la vendimia, niños
vendimiadores.
A la vendimia, niño,
van mis amores.
Mas con el cuido
de no perder las hojas
ni los racimos.

Enriquezco tu mano
cortando uvas
cubiertas por los soles
y por las lunas.
¡Ay si quisieras
que cortara tus besos
con mis tijeras!

(Miguel Hernández, 1910)

Por eso, se celebrará siempre cantar esta canción mientras la uva se desliza por las manos, y cortar el racimo, y amar, y querer, y desear hasta que el poema viva más allá del papel. Así, sirvan, por ello, estos poemas como aperitivo para comprender que el verso siempre estimula la mente, la razón y el alma.

3. Breve historia del trabajo en la vendimia a través de la literatura

Durante la II República fue cuando el campo experimentó una serie de cambios jurídico-laborales que buscaban aminorar la intensidad de los abusos: reducción de la jornada a ocho horas; establecimiento de jurados mixtos de patronos y obreros; y una norma (decreto de términos municipales) que obligaba a contratar, con preferencia, a los jornaleros que eran vecinos del municipio. ¿El objetivo de este último? Acotar los márgenes de la competencia, evitando la llegada del jornalero extranjero (sobre todo, portugués) y, así, reducir la tendencia salarial a la baja.

Mas el vendimiador no experimentó tal mejora y, también, durante el franquismo siguió siendo víctima del trabajo de sol a sol. Piénsese así: sin capacidad para la respuesta colectiva -el sindicato de clase no tenía ni un ápice de reconocimiento-, la organización del trabajo quedaba bajo el poder unidireccional del patrono. La asimetría de poder (trabajador y empresario no negocian en términos de igualdad) que se reconoce, hoy en día, en las relaciones laborales, entre empleado y empleador, no existía en el léxico jurídico-laboral. Actualmente, el derecho a la huelga (artículo 28 de la Constitución española) es un derecho fundamental que ampara la sindicación y el cese en el trabajo como medida de presión para, así, conseguir mejoras de carácter laboral. No obstante, durante los años 40, 50, 60 y 70 la protesta y la denuncia no formaban parte del cuerpo normativo laboral aplicable. La huelga, concretamente, estaba prohibida penalmente (artículo 222 del Código Penal de 1944): el régimen, con ello, pretendía eliminar la función del sindicato como instrumento jurídico para articular la lucha de clases.

Desde la llegada de la democracia, los sindicatos y representantes de los trabajadores, gracias a la libertad sindical y el reconocimiento del derecho a la negociación colectiva (artículo 37 de la Constitución española), ostentan poder suficiente para negociar convenios colectivos, esto es, normas negociadas entre trabajadores y empresarios para otorgar derechos y obligaciones en el marco de las relaciones laborales. Mas durante el franquismo (1939-1977), tal poder quedaba atribuido a la Organización Sindical Española (OSE o Sindicato Vertical), único organismo validado por el régimen franquista y, a su vez, controlado por este. A través de la OSE, trabajadores y empresarios quedaban integrados bajo un mismo modelo formal y organizativo, desligado y situado al margen de todo principio democrático

«Sueña con las ergástulas de la roma pagana; / cruzar desnuda el coso, la cabellera al viento, / y embriagarse de amores en el circo sangriento / con el vino purpúreo de la vendimia humana (Francisco Villaespesa, 1877): el modernismo y la poética idílica del campo y la viña riñe nuevamente con el trabajo real. ¿Avanza el jornalero en la vendimia al compás de versos tan rítmicos y ajenos al conflicto? No, la realidad se erige distinta: abuso tras abuso, el campo también ha sido protagonista de elocuentes luchas. Durante los años 70 (1976), en Extremadura los jornaleros pararon la vendimia para reclamar salarios decentes: al principio, 1.500 pesetas, por siete horas de trabajo. Y así, sucesivamente, año tras año, protestas, negociaciones y huelgas que fueron adecentando la realidad laboral. Este verano, por ejemplo, las cuadrillas españolas (hasta 15.000 temporeros) que marcharon a la vendimia francesa, percibieron 11,5 euros la hora.

La globalización y el trabajo del inmigrante (rumano y marroquí sobre todo) permite la inclusión, bajo el fraude y la irregularidad, en la vendimia, de jornaleros que no solo perciben cantidades sustancialmente inferiores a las que por norma han de percibir, sino, sobre todo, agresiones indefendibles. Muertes, insolaciones y salarios irrisorios siguen formando parte del cuadro laboral.

En los últimos meses, varias medidas han tratado de reducir las irregularidades antedichas: la implementación del contrato fijo-discontinuo (recordemos que, con él, el trabajador, durante los meses donde no presta servicios, percibe un subsidio y el patrono adquiere un compromiso de llamamiento) o la prohibición de trabajo al aire libre bajo los meses de calor, cuando existe alerta roja. Porque el uso fraudulento y/o como norma general del contrato “temporal”, esto es, en contraposición con la modalidad de “indefinido”, ha sido, en cierto modo, causa de la incapacidad de los jornaleros para encontrar esa estabilidad laboral. Precisamente, la reforma laboral de 2022 (Real Decreto-ley 32/2021, de 28 de diciembre, de medidas urgentes para la reforma laboral) fue pensada para reducir esa temporalidad e incentivar la contratación sin limitación en el tiempo.

No obstante, estas siguen siendo exiguas: el trabajo decente, que nuestra Organización Internacional del Trabajo (OIT) ha tratado de poner en primera línea, no puede ser un brindis al sol. Por eso, aunque la uva nos sirva para la poética -brindemos por ello-, esta no puede seguir siendo espacio para la construcción de una esclavitud moderna y líquida.

Juan Montero Martín