Primera Edición – «Cartas al Pasado»
Escrituras epistolares sobre la memoria personal
La primera edición de Memorias en Letras abrió el proyecto invitado a los participantes a mirar hacia atrás y dialogar con su propia historia. Bajo la consigna «Cartas al Pasado», esta convocatoria propuso escribir a un «ayer» que aún resuena: una persona, un momento, una versión de uno mismo o un recuerdo que sigue acompañando.
Algunos escritos fueron seleccionados para ser leídos en la Noche de la Poesía II, donde cobraron vida ante el público.
Esta edición inauguró el espíritu del proyecto: escribir para abrir un espacio donde la memoria puede transformarse.
Conoce a los Participantes
Mi Frida – Mar San Gregorio



Mi Frida:
Algún día tendré que lavar tu camita.
Una cama con restos de sangre y fluidos de cuerpo inerte.
Tendré que dejar de tocar las manchas de la escalera y de la acera, vestigio de aquel último sábado.
Tú no lo sabías. Yo sí.
Un momento en la sala blanca, en contraste con el rojo de sangre de agua de glóbulos moribundos.
Una fina raya entre la vida y la muerte.
Entre estar y no estar.
No estar.
Para siempre.
Te llamo, te lloro, te pido, vuelve.
No puedes.
Un solo silbido haría que vinieras con tus orejas de cabra loca hacia mí.
No me oyes.
Me he tragado un buitre de pico corvo que circula por mi sangre llenando de angustia todos los órganos por los que circula.
Asfixiando el oxígeno que me queda y colonizando mi cuerpo.
Toda yo me transformo en rabia, tristeza, envidia y soledad. Sobre todo, mucha soledad.
Las cenizas en tu caja alivian mi existencia, perdida en un vacío imposible de llenar.
Algún día dejaré de tocar las manchas de sangre de la escalera.
Pero todavía no.
Para siempre Frida.
Valiente – Luz Muñoz Morales



Valiente de sonreír.
Alegre, humilde, humana, solidaria, graciosa, emprendedora, inteligente, luchadora, combativa, encantadora, generosa, virtuosa y guapa, la más guapa del mundo.
Desbordaba alegría cada día en ese patio cubierto por una parra frondosa de uvas. Cantaba a viva voz todo el repertorio de canciones que se sabía, comenzando con María de la O, qué desgraciadita tú eres queriendo lo to’.
Era tanta la pasión que ponía que hasta los pájaros sonreían y silenciaban sus trinos para escucharla. Era muy graciosa, cautivaba a todo el mundo con sus ocurrencias e involucraba a los demás en sus bromas con la intención de sacarles la mayor de las sonrisas. Incluso cuando se enfadaba, era graciosa: ¡Niño, ven aquí y tráeme esa escoba que te voy a dar!, y la escoba se reía de su agudeza.
Destacaba por su humanidad hacia los demás. Siempre estaba allí donde más la necesitaban: acudían a ella para sanar a un niño cuya fiebre no remitía, o para darle las medicinas a otro, ya que su madre no tenía la suficiente formación para administrarlas.
También acompañaba al hospital a las personas que más quería, ofreciéndoles serenidad y confianza. No, no era médica, ni curandera, ni estudió medicina, pero sus diagnósticos eran respetados por todos.
Se embarcó en la creación de un negocio, sin la ayuda de nadie y con el rechazo de muchos. Luchó con todas sus fuerzas y contra todo pronóstico para sacar adelante su empresa y conseguir su objetivo principal, que no era otro que ofrecerles a sus hijos la mejor educación. Jamás la vi desfallecer, ni siquiera cuando salía en busca de su marido, recorriendo penitenciarías hasta dar con su paradero. Era una valiente silenciosa, hecho que le permitió ganar el respeto de los demás para con sus hijos, ese respeto que, en su día, a ella le fue arrebatado por querer reivindicar la libertad de su padre.
Luchó contra las injusticias y el machismo, y entendió las demandas de libertad de su tiempo. Actuó con valentía desde un lugar de silencio y permitió que esas ideas se difundieran en su entorno, favoreciendo que se viesen como algo normal.
Esta mujer valiente y silenciosa fue, es y será mi referencia, ella me enseñó a no levantar la voz sino a mejorar los argumentos.
José Luis Hernán Gamo – Memoria/ Despedida/ A Marina/ A mis Padres/ Alegría/ Suicidio



Memoria
Cuando se escuchaba a los viejos contar historias.
Cuando los libros contenían la sabiduría.
Cuando los niños fabricaban sus juguetes y vivían en las calles.
Cuando la ropa se zurcía y se heredaba entre hermanos y primos.
Cuando los veranos eran largos en los pueblos y aldeas.
Cuando las personas morían en su cama y eran amortajadas por su familia.
Cuando en la escuela la letra entraba con sangre.
Cuando las sotanas se adueñaron de los ojos sometidos.
Cuando las calles eran grises y las cárceles más oscuras.
Cuando a las mujeres les secuestraron sus derechos.
Cuando arrojaron montañas de calumnias sobre las fosas de los justos.
Cuando el tiempo, inexorable, iba envejeciendo mis recuerdos.
Despedida
Todas las fuerzas para ti, en el intento de cambiarte.
Los hombres cruzan entre sombras y alejan sus estandartes.
¡No hay más que dar! ¡No hay más que dar! ¡No hay más que dar!
No puedo permanecer inmóvil, sin sujetarte.
Te miro, te abrazo, deseo que decidas quedarte.
¡No hay más que dar! ¡No hay más que dar! ¡No hay más que dar!
Para tu vuelo sagital, quiero ser rama donde posarte,
fuente para beber, bastón donde apoyarte.
La cadena que nos unió hace ya tiempo que se parte;
los eslabones abiertos, los corazones aparte.
Todas las fuerzas para ti en el intento de cambiarte.
Entonces me retiraré y que el agua busque su cauce.
¡No hay más que dar! ¡No hay más que dar! ¡No hay más que dar!
A Marina
Nos separa un abismo de banderas y cruces.
La intención de los actos, la palabra sincera nos unen.
Conozco tu casa, habitaba en ella.
Me fui cuando el aire se hizo irrespirable y cayó esa estrella.
¡Nunca te haría daño ni por la más poderosa de las ideas!
Tratemos los asuntos con suma delicadeza,
cuando la calle grite y los gestos nos alejen sin lugar a la tibieza.
Si hablamos serenos, surgen los argumentos,
humanizamos los hechos; de pequeñas concesiones surge el entendimiento.
¡Nunca te haría daño ni el más profundo de los sentimientos!
No pretendo convencerte, acaso que me entiendas,
sin renunciar a la palabra, cuando caiga la venda.
Seguiremos distintos, son muchas las razones.
Puedes contar conmigo para los días tristes, para las emociones.
¡Nunca te haría daño ni por la más sesuda de las razones!
A mis Padres
Me habéis dado tanto a cambio de nada:
una suave brisa de afectos y calma,
consejos, silencios, alguna voz alta
y el ejemplo vivo de vuestra templanza.
El respeto a mis errores, la necesaria confianza,
el orgullo por el hijo, el perdón de la arrogancia.
Ahora, ¡así lo quiero! ¡Yo soy!
Y vuestro recuerdo, caricias de evocadoras fragancias.
Alegría
Por una sonrisa tuya, ¿qué no daría?
La sombra de la noche, la luz del día.
Por una sonrisa tuya, plena de vida,
que estalla en los labios de tu alegría.
Por una sonrisa tuya, ¿qué no haría?
Olvidar el dolor, regalar fantasía.
Por una sonrisa tuya, desprevenida,
que ilumina tu cara cuando me miras.
Por una sonrisa tuya,
¿qué no perdonaría?
Suicidio
En ocasiones la vida se agolpa contra el ayer,
no desagua la tristeza y por sus ojos no ve.
Cubierta por la basura, no se mantiene de pie,
da por perdida la lucha y reniega de su fe.
“La entrada es una salida, lo último por hacer”.
Desde afuera no se entiende la herida que no se ve,
el dolor que no deja pensar, dormir ni comer.
Así, la vida indefensa desea retroceder,
agotada del esfuerzo de querer y no poder.
“La entrada es una salida, lo último por hacer”.
Alfredo Buhigas Arizcun – Lágrimas escondidas a mi querido hermano extravagante


La muerte forma parte de nuestra vida. Alguna vez lo hablamos, hace ya tiempo. Ahora tú lo puedes ver desde el otro lado, ese que desde aquí solo forma parte de nuestra imaginación y nuestra fe, sea la que sea. Allí te has ido, dejando olvidado en nuestro mundo tu cuerpo maltrecho con vida, hasta que los médicos decidieron que no se podía hacer nada más, porque tú ya no estabas en él, tú ya habías partido hacia esa otra dimensión en la que los sufrimientos mundanos solo quedarán en el recuerdo de quienes aquí quedamos.
Te has apartado del camino, dejando al lado a una familia y unos amigos que siempre te han querido y acompañado en los buenos y malos momentos, y siempre lo harán en el recuerdo. Un montón de recuerdos que siempre seguirán ahí, manteniendo viva tu llama en este mundo regalado que vivimos. El recuerdo de tu persona, con sus extravagancias entrañables y con un corazón puro, oculto tras esa máscara de rebeldía mezclada con timidez que siempre portaste, haciendo que quien no te conocía de cerca se pudiese sentir algo receloso de hacerlo.
Sin embargo, como tú bien sabes, como sabemos todos los que pudimos bucear un poco más de la cuenta en tu alma, detrás de la armadura de carne y hueso había demasiada sensibilidad, demasiado cariño, demasiada luz, apretadas como un puño escondido en tu corazón, intentando salir y explicarse al mundo, saltándose todas las trabas que nuestra personalidad nos pone muchas veces por el camino.
Sabes que alguna vez ya estuviste a punto de dejar este mundo, pero volviste para, quizás, poder terminar alguno de esos proyectos que partían como cohetes de tu cabeza y tantas veces se esfumaban después, ante la aparición de otros nuevos que ocupaban con más fuerza tu cerebro. Ese capaz de merendarse los libros en un visto y no visto, capaz de acumular informaciones, tesis, datos e ideas sin parar. Ese brillante que tan bien ocultabas hasta que entrabas en calor y explicabas las cosas, aunque muchos fuesen incapaces de seguir tus teorías o las desechasen antes de intentar entenderlas por su incapacidad para seguirte el hilo.
Recuerdos y secretos que siempre estarán ahí, porque tú siempre seguirás estando ahí, junto a tu madre que tanto ha sufrido a tu lado, junto a tu ángel de la guarda que tanto te ha ayudado a salir adelante en tu sinvivir de dolores extremos, luchando las dos porque pudieses amortiguar esos malos momentos en las mejores condiciones.
Lejos de los desencuentros, de las discusiones tan típicas entre hermanos que se quieren, ahora podrás tener una visión más profunda de todo, podrás comprender todo lo que te planteaba dudas en esta vida, podrás obtener respuestas a tantas incógnitas que siempre te desconcertaban y que buscabas responder con tus razonamientos, a veces estratosféricos.
Podrás disfrutar de tu nueva vida, más allá de las nuestras, porque te lo has ganado a tu manera, como casi todos intentamos hacer, apoyado más ahora, si cabe, por cada rincón que dejas ocupado en los corazones de todos los que quedamos aquí abajo y nunca te olvidaremos, aunque, como humanos que somos, y tú bien lo sabes, tengamos la cualidad de perder el sentido de la realidad y la memoria tantas veces ante nuevos proyectos, ante nuevas adversidades. Esas como las que tú viviste en primera persona y que tantas veces hicieron que tu rumbo girase sin querer, presentándonos alternativas que unas veces somos capaces de aprovechar y otras no.
El otro día tú, a pesar de los esfuerzos de los profesionales, no tuviste elección. Tu cuerpo decidió que había llegado la hora de pasar página, que tú ya habías escrito la última que debías en esta casa y ahora te tocaba salir de ese cuerpo maltrecho y volar hacia ese nuevo mundo en el que te esperan con los brazos abiertos y en el que, seguro, te sentarás a esperarnos a todos los que hemos guardado, en un rincón de nuestro corazón, un trocito de ti.
Hasta siempre que quieras, Guille. Nos vemos.
Virginia Febrero – El despertar



Fui pequeñita como un guijarro, menuda como un soplo. «Esta niña no me come nada» era el mantra de mi madre. Aún recuerdo las mañanas en las que me perseguía con el ColaCao en la mano hasta la puerta del ascensor. Porque yo… iba solita al colegio, para eso no importaba la talla. En ese colegio con patio de azotea en el que me daban medallitas doradas con una cinta verde al final de curso, porque decían que yo era muy aplicada. Medallitas al mérito. Un concepto difícil de entender para mí en esos tiempos. Al fin y al cabo, solo hacía lo que se supone que tenía que hacer. Pero tal vez no exactamente. Lo entendí después, cuando escribí mi primer poema con once años a un padre querido, al que perdí al año después: «Qué niña más sensible». Tenía un nuevo concepto que aprender.
No sé si nací sensible o me volví sensible aquel día, al despertar. Yo pasaba las tardes de chicharras y olor a pino silvestre en aquel campamento de verano de Cercedilla, ajena a toda la cruda realidad que mi madre quería evitarme. Pero el día en que los padres venían a recogernos de aquel campamento, mi madre se bajó del coche vestida de negro. Una rápida sinapsis me hizo entender lo que pasaba, y lo poco que mi pequeño corazón pudo entender fue suficiente para querer quitarme de en medio: me desmayé.
La vida después de aquel desmayo puedo decir que empezó a ser «mi otra vida», la que aún vivo. La que fue conformando mi personalidad, la que me hizo escribir poesía y buscar incansablemente la belleza de la vida por cualquier rincón, para darle sentido a aquella mañana. Para construir un puente de flores blancas que me mantuviese unida indestructiblemente a la sonrisa de mi padre y al coraje vital de mi madre. Y sigo pequeña, y sigo dejándome leche en el vaso, y sigo intentando dejarme el alma en lo que hago para honrar a aquella niña que aprendió que lo amado se escapa, sin quererlo, de las manos.
Fernanda Rosas Álvarez – Memorias del Pasado



Hace mucho tiempo que pensaba que no iba a ser capaz de forjarme un porvenir, de hacer grandes cosas, sin ser consciente que las pequeñas cosas, me hubieran bastado para ser feliz, con vivir el día a día, hubiera sido suficiente para haber disfrutado de esa etapa de mi vida, la más difícil
«la adolescencia».
Fue una etapa marcada de sinsabores, sin deseos cumplidos, una etapa árida, tan joven, pero tan frustrada, tan cruel.
Lloraba a escondidas, sin desahogarme como yo hubiera querido…. pero no sabía, tenía miedo a ser descubierta.
Nadie me había enseñado cómo eran los primeros pasos que tendría que dar para ver el mundo ahí fuera.
Solo una pequeña ayuda hubiera sido suficiente para agradecer aquella etapa llena de inseguridad. Sin cariño, sin apoyo, sin afecto, estaba sosteniendo un mundo que no entendía.
Desde ahora en adelante, las circunstancias personales fueron muy difíciles, llena de esfuerzos y sufrimiento (un gran esfuerzo físico y mental), en el ambiente familiar.
Yo necesitaba un aprendizaje a mi ritmo, calmado, para crecer como persona… pero eso no ocurrió así, de manera que, todo fue un cúmulo de lagunas emocionales, sin explicaciones y sin la principal causa del tema afectivo. Todo esto, hizo que surgiera en mí, un impulso interior importante que daría paso inmediato al trabajo sin descanso, sola, siempre sola, con mucho tesón, pero también con verdadera fatiga.
Gracias a ese mundo, lleno de deficiencias, falta de respuestas, de llorar, de no llorar, de que no me hicieran caso, me convertí en una persona constante y luchadora.
Actualmente no permito que nadie me haga llorar, porque soy lo suficientemente sensible para derramar lágrimas, pero de tristeza, de nostalgia, porque sobre todo y a pesar de haberme hecho fuerte, mi corazón y sentimientos están vivos.
Y es que estoy muy orgullosa de ser la persona que soy hoy, gracias a las experiencias vividas y lo que sufrí.
Gracias, siempre gracias.
De mí: para el yo del pasado.